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A nadie le gusta que le griten. Es irritante y en muchas ocasiones causa temor a aquellos que están al final del grito. Es siempre una señal de violencia o de temor, y activa en nosotros la evitación.

Si hay algo a lo que estamos sumamente acostumbrados es al grito y es que como no si a nosotros nos gritaron en la época en la que el grito estaba bien visto. Sin embargo, y con ayuda de la psicología infantil, se ha comprobado que el grito es igual de malo que cualquier otra forma de maltrato, ya sea físico o psicológico.

Todos nosotros en infinidades de ocasiones nos hemos lastimado las cuerdas vocales al gritarle a alguien, ya sea a personas que conocemos o a los que nos cruzamos por la calle en el momento en que nuestro humor está en su peor fase. Tan acostumbrados estamos a expresar nuestra frustración y enojo en forma de grito que terminamos gritándole hasta al televisor, sabiendo que eso no hará nada.

A diferencia del televisor que ni se inmuta, los hijos si perciben cuando les gritan y saben que es algo malo, que les hace daño, a diferencia de la madre que no ve sino otro método de castigo, el niño o niña lo ve como algo que le asusta.

Somos humanos, nos frustramos y enojamos, vivimos situaciones que nos llevan al borde. El ambiente en el que llevamos nuestras tareas diarias, como lo es un ambiente de trabajo estresante,  contribuyen a que nuestra frustración suba con cada minuto y después de un día así, le sumamos a ellos el tráfico y llegamos a casa y vemos que nuestro hijo o hija ha hecho un desastre o también está estresado por lo que está más quisquilloso que lo habitual. Además de eso, llegamos a una casa que necesita ser ordenada y la comida necesita ser cocinada. Todo ello en un caldo a la temperatura perfecta para hacer que entre en ebullición.

Solo hace falta una acción para que empieces a gritar y sucede. Tal vez un llanto debido a algo que dijiste que no o a una orden que a tú pequeño o pequeña no le pareció y empezamos a gritar.

Estamos tan ocupadas gritando que es probable que no veamos la expresión de miedo que surca su cara o si se está entrando en la prepubertad una expresión de enojo.

Si tomamos en cuenta que la seguridad es lo primordial para un desarrollo emocional estable y dicha seguridad es dada por mamá y papá ¿cómo creen que se siente el niño cuando la persona de la que ellos dependen y debe protegerlos es la que le causa miedo? Es en ese momento, en el que le gritamos, en que le estamos causando un gran daño.

Es posible que nunca les hayamos levantado la mano a nuestros hijos, que nunca hayamos hecho si quiera la mímica de agarrar el cinturón pero en cambio nos las pasamos gritándole. Siempre que el niño lleva un comportamiento que no aprobamos le gritamos. Sin saber que estamos generando un daño a largo plazo.

¿Por qué no hay que gritarles a los niños?

Si bien los gritos no dejan moretones ni raspaduras, sí dejan consecuencias emocionales.

Una de ellas es el daño que puede ocasionar en su autoestima.

Ser gritado por la persona que se supone nos debe querer y proteger, puede generar en ellos una sensación de poco valor que les va a acompañar durante toda la vida. Y si en los gritos van incluidos palabras como “flojo” o “tonto” les estamos garantizando un viaje seguro a la consulta del psicólogo.

Además de eso le estamos creando que el grito sea una forma de tratar a otros y una forma en la que debemos esperar ser tratados.

Cuando estos temas se tocan en talleres o en consulta muchos padres alegan que ellos fueron criados de esta forma y nadie veía nada de malo en ella, y es que antes no se tenía tanto conocimiento como ahora, ni se habían hecho tantos estudios a estas formas particulares de castigo y de trato. Pero hoy en día no solo podemos leer infinidades de estudios acerca del tema sino que podemos ver las consecuencias de esas prácticas en nosotros mismos y en otros.

Mamá respira

Ahora ¿cómo corregimos esta conducta?

Lo primero es respirar. Cálmate antes de entrar a la casa después de un largo y estresante día, recuerda que te vas a enfrentar a un humano que no tiene ni idea por lo que has pasado y que espera ansiosamente por tu regreso.


Reconoce la emoción. Tal vez estás haciendo la cena y escuchas  “crash”, te asusta y sales corriendo a ver, te encuentras a tu pequeño o pequeña en el suelo y con una cortada en el brazo. Primer impulso es gritarle pero esa no es tu emoción: tú emoción es miedo. Y así cómo tu emoción es miedo, tú hijo también siente miedo. ¿Y qué es lo primero que debes hacer? Respirar, seguido de atender la herida y explicarle por qué no debió hacer eso y por qué sentiste miedo.

Recuerda que los niños están aprendiendo, la manera en la que ellos sepan lo que pueden y no hacer es que tú se lo enseñes primero, y para eso es necesario ser su maestra y ejemplo.