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Se nos hace extraño que nuestros hijos puedan experimentar sensaciones como estrés cuando, desde nuestra perspectiva, ser niños es una de las etapas más relajantes y sencillas de nuestras vidas. Pero para nuestros hijos que están apenas conociendo lo que es la escuela y amigos la carga emocional puede ser abrumadora.

Desde nuestra perspectiva nuestra vida se hace más estresante con cada año que pasa. Primero era la secundaria, luego la prepa y después la universidad, de allí pasamos al trabajo y terminamos con  otra vida humana más pequeña a la que tenemos que enseñar como funciona todo. Y en casos aun más complicados todas esas cosas suceden al mismo tiempo, entonces nos vemos intentando trabajar, sacar una carrera universitaria y de paso criar a un hijo.

Estamos trabajando, encargadas de mantener la casa, cocinar,  buscar a nuestros hijos en la escuela, llevarles a las  actividades en las que los tenemos, cuidar de nosotras mismas (en caso que encontremos el tiempo) y ayudarles con cada proyecto que tengan de la escuela. Al final del día estamos cansadas, con dolor de espalda y aun nos queda bañar a los niños, ayudarles a preparar los útiles de mañana y acostarlos; preparar nuestra propia ropa y nuestros materiales de trabajo antes de dormir.

Al final seguimos funcionando gracias al estrés que nos empuja a cumplir con todo nuestro itinerario.

No es sorpresa que todo el ajetreo nos haga concentrarnos en los lugares a los que tenemos que ir y las cosas que tenemos que hacer, y no en nuestros hijos que nos siguen el ritmo de vida que llevamos.

Cada vez es más común ver a los niños involucrados en al menos dos actividades después de la escuela, estas tienden a crecer a tres y si los padres están empeñados en que sus hijos aprendan de todo a la tierna edad de ocho años, nos vamos a encontrar niños con hasta cuatro actividades, más la escuela, con las que tienen que cumplir.

Nos estresamos porque nuestra hija tiene clases de danza a las tres, de inglés a las cinco y tenemos que ir a hacer compras para la casa. Terminamos llegando a las siete a la casa y a esa hora es cuando nuestra hija se dedica a cumplir con los deberes de la escuela.

Llegamos agotadas y pensando en un baño caliente y nuestra cama, pero no nos paramos a pensar que nuestra hija probablemente está sintiendo lo mismo.

A la mañana siguiente nos cuesta un mundo levantarnos y aun más levantar a nuestra hija, quien protesta durante toda la rutina matutina y bosteza todo el camino hacia la escuela. Y nosotros nos irritamos porque gracias a sus protestas vamos veinte minutos tarde en toda nuestra rutina.

Nos irritamos y pasamos todo el día recordándoselo a nuestra hija.

Los niños también se estresan.

Parece un concepto demasiado adulto como para referirse con él a un niño pequeño, no se siente como algo correcto en nuestra mente y tendemos a ignorarlo, pero efectivamente los niños se estresan y pueden llegar a sufrir de estrés crónico.

El estrés es un mecanismo de defensa, esta diseñado para protegernos mediante la huida y la acción de situaciones que sean percibidas por nosotros como amenazantes, pero cuando cada situación se nos hace mucho para sobrellevarla, nuestras alarmas se activan y empiezan a gastar energía para la defensa, lo que termina por dejarnos agotados.

La infancia se caracteriza por cambios, los niños están en constante aprendizaje por lo que dichos cambios tienden a estar a la orden del día. Estos hacen que el niño se estrese, dado que toda situación nueva se va a ver como una amenaza para su integridad.

Los niños de hoy en día no solo enfrentan los cambios y exigencias naturales en esta etapa sino que además lidian con asignaciones y actividades extracurriculares que pueden llegar a perjudicar su desarrollo.

¿Cómo? Pues empecemos porque un niño necesita doce horas de sueño diarias, normalmente se recomienda que obtenga de nueve a diez durante la noche y complete el ciclo con siestas durante la tarde, pero si tiene que cumplir con dos actividades después de la escuela y después de eso debe dedicarse a los deberes dejados por la maestra o por el maestro ¿cómo espera usted que cumpla con las horas de sueño necesarias para su adecuado desarrollo?  No  solo eso, sino que además lleva a cuestas todas sus expectativas y la presión de sus compañeros para dar la talla en las actividades que tiene.

Después de un día así, nuestros hijos terminan igual o más agotados que nosotras lo que trae como consecuencia que no se desempeñe de buena manera en ninguna de sus actividades.

¿Cuáles son las consecuencias de ignorar sus emociones?

Ignorar sus emociones es a su autoestima lo que una aguja es para un globo. Si nosotras que somos sus principales cuidadoras y educadoras no nos interesamos por lo que pueda sentir, ¿entonces quién podría?

Esto puede desatar una serie de sentimientos de infravaloración que les acompañará por el resto de su vida si no acuden a terapia. No solo eso sino que los estamos previniendo de compartir su estado de ánimo en futuras ocasiones y le estamos enseñando a que no posee el derecho de sentir y lidiar con sus emociones como cualquier otro ser humano de la Tierra.

Dejando como consecuencia que no tenga conciencia de su propio malestar y que crezca con la falsa creencia que no merece ser escuchado. Entiende que como madre eres la persona en quien más confía, que probablemente lleva todas esas actividades más para complacerte a ti que por gusto propio, y al final así como te estresas y te cansas ellos también. Sé consciente de lo que tu hijo siente y tómalo en cuenta.